RABIA – Una apuesta diferente

RABIA – Una apuesta diferente.

 

Diez años después de adaptarla a la pantalla grande, Sebastián Cordero vuelve a dar –otra– vida a la historia, de la novela homónima del argentino Sergio Bizzio, quien también escribió el guión junto al director. Tras una temporada en la casa Cino Fabiani de Guayaquil, la obra tuvo su estreno en Quito el pasado 16 de enero y tendrá funciones de jueves a sábado hasta el 23 de febrero.

Llegas a la casa museo Muñoz Mariño y entras en un cuarto de dimensiones reducidas, que sirve como cafetería del lugar. Te apretujas entre toda la gente que –igual que tú– espera con curiosidad el inicio de la experiencia.

De pronto, entra el propio director a darte la bienvenida y a guiarte un poco. Entras a la casa, y descubres que ha sido adecuada completamente para sumergirte en el hogar y vida de una familia. Ya desde un principio se siente como algo personal.

La historia de amor entre Rosa –interpretada por Carla Yépez–, una empleada doméstica en la casa de la familia Torres, –encarnados por Itzel Cuevas y Diego Naranjo– y José María, un albañil con serios problemas de celos e ira –interpretado maravillosamente por Alejando Fajardo–, va desvelándose ante tus ojos, mientras tú te paseas, como un espectro por la casa y la vida de los personajes. A veces, estás tan cerca, que casi puedes olerlos.

Luis Mueckay hace de vendedor de gas, detective y exterminador de plagas, y su presencia termina siempre suponiendo algún cambio o agravio en la casa de los Torres, y en concreto, en la vida de Rosa. Orlando Herrera, con quien nos hemos cuajado de la risa en Enchufe TV, cambia radicalmente de registro para encarnar a Álvaro, el hijo holgazán y desmedido de los Torres.

El enfoque hacia temas tan viscerales como reales, tales como un machismo fuertemente arraigado en el comportamiento de todos los personajes masculinos de la historia –con excepción del Sr. Torres–, llegan en un momento coyuntural, invitando quizá a una reflexión más profunda de los problemas sociales que se reflejan en el diario vivir.

La dirección, aparentemente sencilla, pero enormemente compleja, y la conmovedora interpretación del elenco, hacen que la propia casa colonial cobre vida y se convierta en un personaje más. A medida que transitas por sus pasillos y habitaciones, vas impregnándote de cada una de las emociones que el acertado elenco suscita en el público con cada escena. En ciertos momentos, el púbico se divide en dos grupos: uno azul y uno rojo, y como Neo, tienes que elegir cuál será tu narrativa.

Yo, porque la curiosidad siempre me puede más, me repetí y me fui con los dos grupos, y sinceramente, para quien la ha visto ya una vez, recomiendo que –si puede–, vuelva a verla.

La obra finaliza, y por un momento, todos aguantan la respiración antes de estallar en aplauso. Sebastián, quien ha estado en todo momento entre el público, se acerca a los actores y los abraza. Todos aplaudimos y ellos dan la venia. Pero en el fondo, dentro de todos los presentes se ha removido algo.

Carolina Cordero

La Descarga

Fotografías: Pablo Corral Vega

 

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