BURNING MAN: LA PRIMERA VEZ QUE FUI A ‘CASA’

BURNING MAN – LA PRIMERA VEZ QUE FUI A ‘CASA’.

¿Cómo es Burning Man?  Creo que es la pregunta que más me han hecho desde que volví. Y realmente, la respuesta que logro dar ­–después de balbucear sin sentido un par de segundos– es ‘indescriptible’. Terrible, ¿no? Y se supone que yo soy buena con las palabras.

Pero, la verdad es que creo que ése es justamente el misterio de Burning Man:

no importa cómo te lo cuenten, cuántas fotos o videos hayas visto o cuánto hayas leído y te hayas informado al respecto: no lo entiendes realmente hasta que estás ahí.

Puede sonar un poco pretencioso, pero es así. Es un lugar como ningún otro, es algo que no has visto antes. Y justamente por eso, se hace tan inefable.

Pero me he propuesto hacer un esfuerzo y explicar lo mejor que pueda mi primera experiencia en este mítico festival.

Si coges Mad Max, le agregas neones, expresiones de arte, música y libertad extrema: te acercas un poco a lo que te puedes encontrar en el desierto de Black Rock City, Nevada a finales del mes de agosto.

Sólo llegar ya es una pequeña odisea en sí misma: tienes que prepararte bien y llevar absolutamente todo lo que vayas a necesitar para sobrevivir siete días en el árido desierto, sin electricidad ni agua potable. ¡Ah! Y tormentas de arena –o mejor dicho– polvo.

Allá no podrás comprar nada más que café, alguna que otra bebida y hielo.

La cola para entrar es extensa. MUY extensa. ­Cuando POR FIN llegó nuestro turno, empezaba a caer el sol. Pasamos algunos controles rutinarios y finalmente, en el último control, dos hombres con tutús, polvorientos y sin camiseta, nos preguntaron si era la primera vez que íbamos, a lo que contestamos que sí.

–Nuestras caritas de vírgenes deben haber sido evidentes. – Se emocionaron y nos pidieron que bajemos. ‘Aquí el polvo se te va a meter donde quieres y también donde no. ¡Así que mejor hacerlo de una vez!’ y nos pidieron que nos acostáramos en el suelo e hiciéramos ángeles de polvo. Dicho y hecho. Una vez estás completamente cubierto de polvo, te hacen golpear un gong y gritar algo, ¡lo que tú quieras! Y luego te abrazan y te dicen ‘Welcome Home’. ‘Bienvenido a casa.’ Me llamó la atención. Me pareció curioso y bonito. Pero en ese momento, realmente no lo entendí.

Una vez estás instalado, tu única obligación es salir a explorar. Eso sí: en bicicleta. No creas que vas a lograrlo a pie, porque las distancias son realmente E N O R M E S y hay tanto que ver. No quieres perder el tiempo trasladándote bajo el implacable sol. Como alternativa puedes moverte en los carromatos temáticos, o art cars de los campamentos oficiales, que están equipados con luces, colores e incluso asientos o zonas de baile y música, por descontado. Lo malo es que su ruta es incierta, y quizá cuando quieras volver a tu campamento, estés a más de media hora a pata.

Realmente toma un tiempo acostumbrarse a todo lo que ves: mucho nudismo, campamentos de lujo, con lounge y barra; otros improvisados, pero igual o hasta más divertidos; looks para todos los gustos, sabores y colores; miles de actividades que están pasando 24/7: desde talleres de manualidades o sesiones de yoga, hasta charlas sobre bondage o un domo de orgías. Todo tiene la misma importancia, es igual de normal que lo demás.

Una vez te metes en alguno de los campamentos en donde ofrecen cervezas frías y hot dogs, mientras te disparan body paint, o mimosas y pancakes mientras disfrutas de un buen set de Deep House, y hablas con la gente, es cuando empiezas a entender realmente de qué va la cosa. Todo el mundo está en una actitud de apertura. Me refiero a que, si quieres, te saludan con un abrazo y siempre están dispuestos a ayudar, o a entablar una conversación espontánea, que puede resultar de lo más estimulante. No hay malicia ni recelo, y su amabilidad es contagiosa. Acabas actuando de la misma manera, porque sino ¿qué estás haciendo?

Después de un tiempo, me di cuenta de que algunas personas no te dicen su verdadero nombre, sino su nombre de playa (el nombre que usas en Burning Man, que alguien tiene que darte espontáneamente, no puede ser auto-adjudicado), y como dirección te dan el nombre de su campamento. Y no es porque quieran ser misteriosas, ni tengan nada que esconder, sino que no importa quiénes son, ni de dónde vengan, sino quienes están siendo en ese momento, y qué te están aportando –y tú a ellos– en ese intercambio. No es un lugar para ir a hacer networking, ni promocionarte, es un lugar para desconectar –literalmente– de todo y ser quien realmente eres, o quien quieras ser.

 ‘¿Te han dicho que te pareces a Lara Croft?’ me preguntó alguien saliendo de uno de los shows de Diplo. Me reí. La verdad es que sí me lo han dicho alguna vez. ‘Te voy a llamar Raider. Como Tomb Raider.’ Y así fue como me bautizaron con mi nombre de playa.

Burning Man es un lugar de extrema libertad, pero ojo, no de libertinaje. Poco a poco vas descubriendo qué es aceptado y qué no. Y curiosamente, muchas cosas van al revés que en la sociedad occidental a la que estamos acostumbrados. Por ejemplo: todo tipo de aficiones extravagantes, o gustos sexuales, son aceptados y tratados con normalidad. Sin embargo, la tecnología y sobre todo los celulares son un NO gigante. Más de una persona te mirará mal e incluso te hará algún comentario si sacas mucho tu teléfono y tomas fotos a todo lo que te rodea (que ganas no faltan, créeme). Pero para eso llevas una cámara. Ahí todo bien, pero siempre que quieras fotografiar personas, tiene que ser con su permiso. No les gusta para nada las fotos furtivas.

Pero no te preocupes, hay tantos otros cientos de cosas para fotografiar aparte de la gente y sus atuendos extravagantes y espectaculares.

Las muestras artísticas de todo tipo son abundantes, exuberantes e impresionantes. Pero lo que reina el lugar, son las esculturas, y las instalaciones, esparcidas por toda la playa, que es el nombre que le dan a la planicie central, donde se yergue el hombre.

Un arcoíris gigante de LEDs, sobre el cual puedes caminar. Una medusa gigante, hecha con material reciclado, a la cual puedes subir y ver el interior de la cabeza. Y que por la noche se prende, volviéndose fluorescente.

Estos son tan sólo unos ejemplos de un sinfín de muestras artísticas, móviles e inmóviles que te invitan a jugar con ellas e incluso a pensar.

Pero de todas las que pude ver, –que no fueron todas ni por asomo– me quedo con esta: ‘In every lifetime I will find you’ de Michael Benisty. La descubrí mientras paseaba por la playa al atardecer y tuve la suerte de presenciar a dos parejas casarse a sus pies.

Todos hemos oído hablar del hombre, el gran hombre de madera, que simboliza el pasado y que se quema como acto de clausura, el cual otorga su nombre al festival. Pero hay otra quema que tiene casi la misma importancia, y muy pocos conocen: la del templo, que se encuentra situado a las doce (justo detrás) del hombre.

El templo, igual que el hombre, se diseña cada año según la temática que se elija. Este año se llamaba Galaxia y fue diseñado por el arquitecto francés Arthur Mamou-Mani.

Es una especie de santuario en donde la gente va a llorar y despedirse de sus muertos. Este año, el templo se asemejaba a un volcán, y en su interior, desde el ‘cráter, colgaban unas luces que me hicieron pensar en las personas que se elevan del plano terrenal al etéreo.

Cuando entras, el ambiente cambia completamente: se respira solemnidad y respeto. El silencio que impera está roto ocasionalmente por los lamentos de aquellos que vienen a decir adiós. Hay personas que construyen altares alrededor del centro, hay otros que simplemente cuelgan una foto con algún mensaje para su ser querido, u otros que en un impulso cogen un marcador y escriben unas palabras en alguna de las vigas de madera que sostienen la estructura.

A diferencia de la quemada del hombre, en la que casi 70.000 personas se reúnen a su alrededor subidos en carromatos o sentados en el suelo, para celebrar entre fuegos artificiales y aullidos esta ceremonia, la quemada del templo, que sucede al día siguiente, tiene lugar en absoluto silencio. Y lograr eso, me parece mágico.

En definitiva, si existe un lugar que te obligue a salir de tu zona de confort –en todo sentido– y te empuje a probar cosas nuevas, a explorarte a ti mismo y a los demás, es definitivamente Burning Man.

El chiste sale caro, pero a mí parecer: vale la pena la inversión. Alguna vez escuché a alguien decir, en forma de burla: ‘Burning Man, el único lugar donde la gente paga miles de dólares para vivir como un refugiado’. Y no negaré que tiene su punto de verdad. Pero a su vez, considero que quizá esta persona no entendió realmente lo que significa Burning Man.

No pienso jactarme y decir que yo sí, porque no podría estar más lejos de la verdad. Pero después de mi primera experiencia quiero creer que pude por fin entender por qué cuando esos polvorientos hombres en tutú me dieron la bienvenida, me dijeron ‘Bienvenida a casa’.

Y la verdad, es que no puedo esperar para volver.

 

Carolina Cordero

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